El primer acercamiento de Fernando Guajardo al mundo de la enmarcación fue hace casi 40 años, en el taller de unos tíos. Ahí vio algo difícil de olvidar: marcos antiguos, hechos a mano y con siglos de historia, que llegaban para ser “actualizados” y terminaban en el fuego.
Con el tiempo aprendió el oficio, pero se especializó en la restauración de marcos antiguos, un trabajo que exige paciencia, precisión y cierta obsesión por el detalle. Con los años, también desarrolló una técnica propia, que lo ha convertido en un referente.
En sus manos los marcos vuelven a la vida. Desaparecen capas y capas de suciedad, vuelven los dorados originales y logra reconstruir fragmentos como si nunca se hubieran perdido. “Me encanta mi trabajo porque lo disfruto, es una paz interna”, confesó en una entrevista.
En Chile es de los pocos que se dedica a esto, sobre todo con esa maestría. Por eso, es uno de nuestros datos más queridos. Un verdadero artista que trae nuevamente a la vida partes de nuestra historia.






