
POR. VALENTINA DE AGUIRRE

Hay destinos que no están en el radar, pero que sin duda deberían estarlo. Lamu es uno de ellos. Una isla en la costa norte de Kenia que se siente como un secreto bien guardado y que, apenas llegas, te obliga a bajar el ritmo y a sacarte los zapatos.
Separada del continente por un estrecho canal de agua, Lamu parece vivir en otro tiempo. Aquí casi no hay autos, no existen carreteras asfaltadas y el sonido más común no es el de los motores, sino el de pasos, bicicletas… y el de los burros. Sí, los burros son el principal medio de transporte para los locales en la isla y parte esencial de su identidad. Tan importantes, que incluso tienen su propio hospital.




Declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO el 2001, Lamu Town es considerada la ciudad swahili más antigua y mejor conservada de África Oriental. Caminar por sus calles estrechas es como entrar en un museo vivo: casas de roca de coral, balcones de madera, patios interiores y puertas talladas a mano que cuentan historias de siglos de intercambio entre África, Arabia y Asia.
Uno de los recorridos que hay que hacer en Lamu Town es junto al mar, en su front sea, una especie de paseo marítimo donde conviven restoranes sencillos –donde los productos locales se roban el menú–, hoteles pequeños, puestos locales, el museo de la ciudad, una iglesia, mezquitas y el famoso santuario de burros. Desde ahí parte la calle principal, llena de talleres, tiendas de textiles, joyerías de plata, artesanías y alguna heladería inesperada.




La vida aquí se mueve sin prisa, poco a poco, o pole pole, como dicen en la isla. Un término swahili que en Lamu es casi una filosofía de vida, y algo que se transmite al pisar este lugar. Acá, más del 90% de la población es musulmana, y eso también suma al ambiente: en el llamado a la oración que marca el día, en la calma, en la espiritualidad que atraviesa la isla sin imponerse.
Y luego están las playas: tranquilas, amplias, casi desiertas. Arena clara, aguas tibias y dhows de vela triangular navegando lentamente por la costa. Un paisaje que parece diseñado para hacer menos y sentir más.






Lamu no es un destino de listas ni de horarios. Aquí el verdadero lujo es disfrutar sin itinerario, perderse, caminar, sentarse, mirar y dejar que el tiempo haga lo suyo, tal como nos encanta en The Little Black Guide.

