61ª Biennale de Venecia: En busca del arte

Recorrer durante cinco días Venecia, en plena Bienal, es la receta perfecta para inspirarse y transformar la forma en que vemos la ciudad (y la vida).

Venecia no necesita razones para impresionar. Con más de 15 siglos de historia, esta ciudad construida sobre una laguna en la costa del mar Adriático sigue siendo una de las más fascinantes del mundo. 

Esta es mi tercera vez en esta ciudad flotante, pero la primera en la icónica Bienal, el centro del arte actual y la reunión de los curadores más influyentes del momento. Lo que se expone aquí –desde principios de mayo hasta fines de noviembre–, marcará ideas, debates y tendencias. 

Bajo el título In Minor Keys, la 61ª edición de la Bienal de Venecia “se presenta como una partitura colectiva compuesta junto a artistas que han construido universos de imaginación”, como declaró la directora artística de la muestra, Koyo Kouoh. Lamentablemente la destacada curadora africano suiza falleció hace poco más de un año, pero alcanzó a dejar esta edición de la Bienal encaminada y convertida en una experiencia inolvidable. “In Minor Keys son secuencias de viajes estimulantes que apelan a lo sensorial y a lo afectivo, invitando a los visitantes a maravillarse, meditar, soñar, celebrar, reflexionar y encontrarse con otros en ámbitos donde el tiempo no es propiedad corporativa ni está sometido a la implacable aceleración de la productividad”, declaró en su manifiesto.

Con 110 artistas invitados, eso es exactamente lo que logra la Bienal: abrir los sentidos para descubrir nuevos mundos, con una energía que transforma la ciudad, sin alterarla. 

Caminé varios días admirando el esplendor del lujo y las huellas del deterioro en una ciudad donde basta abrir una puerta para encontrarse con una instalación de la Bienal. Conventos y antiguos espacios industriales se convierten en escenarios vivos para el arte actual.

Uno de los puntos que más me impactó en este recorrido se puede ver desde el Puente de la Academia, uno de los lugares con las vistas más emblemáticas de Venecia. Desde allí se contemplan tres esculturas monumentales de vidrio soplado del escultor norteamericano Dale Chihuly, suspendidas sobre el paisaje veneciano.

La Bienal tiene su propio espacio geográfico. Al caminar por el borde costero de la isla, desde la Plaza San Marco, aparece Giardini: un gran parque histórico de árboles densos y senderos sombreados donde se alinean los pabellones de distintos países. Entrar allí es acceder a una exposición internacional dispersa entre naturaleza y arquitectura, donde cada pabellón construye su propio universo.

Ahí están los momentos esenciales de la Bienal, como el pabellón de Austria, que destacó por su intensidad y carácter provocador, mostrando una mujer dentro de una campana gigante en movimiento, que sigue generando controversia entre la prensa y los visitantes. Japón conmueve con la muestra Grass Babies, Moon Babies, a cargo del artista Ei Arakawa-Nash, con doscientos muñecos bebés que representan el futuro. Alemania presenta Ruin, una performance sensorial que explora las fracturas ideológicas y los vestigios materiales que ha dejado la Alemania reunificada. El pabellón de Francia, a cargo del artista Yto Barrada, es una mezcla de poesía y espiritualidad. En este recorrido, todas las exposiciones logran impactar los sentidos y transformar la experiencia del visitante. Desde allí, la experiencia continúa hacia el Arsenale.

Hay que salir del parque, cruzar puentes y atravesar un antiguo muro para llegar al Arsenale, que impresiona por su monumentalidad. Naves industriales, techos infinitos y recorridos que parecen no terminar crean un espacio donde el arte se expande sin contención. Entre estos pabellones, en la Sala dell’Isolotto, está el de Chile, con una propuesta multisensorial a cargo del artista Norton Maza llamada Inter-Reality. “El objetivo final es que el visitante salga con una experiencia poética y sensorial que conecta lo íntimo con lo político, lo local con lo global, invitando a «espiar» y a descubrir lo que no está a simple vista”, explican.

Entre tantas exposiciones la que más impresionó fue la propuesta de China, Dream Stream, que propone una reflexión sobre las filosofías orientales de la observación, la interdependencia y la idea de la “unidad entre el cielo y la humanidad” y que destacó por su fuerza visual y su ambición escenográfica en la más completa oscuridad.

Después de cinco días de recorrer la Bienal en este escenario flotante que es Venecia, me queda claro que el arte no se visita, se atraviesa, se encuentra y, de algún modo, transforma la forma en cómo uno mira la ciudad. Por algo es la exposición más antigua y prestigiosa del mundo.

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