
Por. Valentina de Aguirre
Decir que el bordado volvió no es tan cierto: en realidad, nunca se fue. Pero sí ha cambiado sus formas, colores y la manera en que lo miramos.
Durante mucho tiempo lo asociamos a una actividad doméstica como las que hacían nuestras abuelas, a manteles impecables guardados para ocasiones especiales o a pequeños cuadros trabajados con una paciencia infinita. Hoy, en cambio, el bordado se aleja de esa imagen un poco tiesa y reaparece como una práctica creativa, libre y muy contemporánea.
En esta nueva vida del bordado hay desde las clásicas flores y paisajes, hasta patrones geométricos, frases divertidas y escenas cotidianas. Se borda sobre telas nuevas y antiguas, sobre ropa, fotos, papeles y hasta cerámica. Las puntadas ya no siempre buscan ser perfectas ni tan prolijas: muchas veces son justamente esas irregularidades las que convierten un bordado en una pieza especial, hecha a mano.



Parte de este nuevo interés tiene que ver con el proceso. Bordar obliga a concentrarse en algo pequeño y concreto: elegir un color, enhebrar la aguja y repetir el movimiento, una y otra vez. Con algo tan simple, la atención se centra en el presente, casi como en una meditación. En una época que valora la productividad y la velocidad, hacer algo lentamente y solo por el gusto de hacerlo se siente como un pequeño acto de resistencia.
Una de las técnicas que representa esta nueva mirada es el sashiko, una técnica tradicional japonesa basada en puntadas sencillas y continuas, que siguen patrones geométricos. Originalmente se utilizaba para reforzar las telas, pero hoy se ocupa también como una forma de decorar (y meditar mientras tanto). Incluso se pueden comprar kits para hacer sashiko sobre papel y también hay varios libros que exploran esta técnica.


El bordado contemporáneo también tiene harto de humor. Un ejemplo que nos encanta son los cojines de Furbish Studio, que recuperan el clásico punto cruz y lo combinan con colores intensos y frases divertidas. Aquí es el contraste entre una técnica súper clasica (e incluso algo anticuada para algunos) y mensajes potentes y muy actuales, es lo que hace la diferencia.
En Francia, la diseñadora Sarah Espeute lleva el bordado hacia otro lugar. A través de su estudio Œuvres Sensibles, crea manteles de lino y algodón bordados a mano en Marsella que reproducen comidas imaginarias y espontáneas. Sobre sus telas aparecen platos, tenedores, cuchillos, copas, sardinas, frutas, migas y manos apoyadas alrededor de la mesa, con soltura. Vistos desde cierta distancia, los dibujos producen un efecto de trompe-l’œil: el mantel parece estar servido antes que llegue la comida.
Espeute incluso colaboró con la histórica firma francesa Christofle en una edición limitada de manteles bordados, demostrando cómo una técnica tradicional con una mirada actual puede dialogar con el diseño contemporáneo.



Y esos son solo algunos ejemplos, pero basta empezar a mirar con detención para darse cuenta que hoy el bordado está en casi todas partes. En la ropa, en servilletas con dibujos mínimos (y no solo monogramas), en pantallas de lámparas y en textiles enmarcados como obras de arte. A veces hecho a mano, como una forma de meditar y entrar en otro mundo, y otras tantas hecho a máquina, pero siempre cuidando imitar esa soltura que solo da el hacer.
Tal vez la verdadera razón de su regreso se esconde justamente en esa imperfección, en las ganas de acercarnos cada vez más a lo hecho a mano, a eso que sorprende por su simpleza y complejidad. Y si algo te ha inspirado en esta selección, te invitamos a tomar hilo y aguja, una tela y a sumergirte en la posibilidad de hacer una sola cosa a la vez.

