Aprender a mirar

¿Qué es el buen gusto? ¿Una cualidad innata o una habilidad que se puede entrenar? Quizás tenga menos que ver con lo que traemos de fábrica y mucho más con cómo aprendemos a mirar.

Mucho se ha dicho a lo largo de la historia acerca del buen gusto. Hay quienes creen que es algo que se da de manera natural, una especie de talento innato: algo que se tiene o no se tiene. Pero quizás el buen gusto y esa sensibilidad especial tengan mucho más que ver con cómo miramos que con lo que traemos en nuestro ADN.

Quizás esas personas que parecen tener una sensibilidad especial simplemente han aprendido a mirar distinto, con mayor profundidad. Han visto, observado, comparado. Han ido a museos y realmente los han disfrutado, han puesto atención cuando han entrado a distintas casas, han mirado revistas, libros y referencias. Pero, sobre todo, se han dado el tiempo de mirar con atención. 

Estar expuesto a nuevas experiencias ayuda, por supuesto. Pero no basta con ver mucho. Hay que ver de verdad. Mirar con curiosidad. Preguntarse por qué algo nos gusta, qué hace que una combinación funcione, por qué una habitación se siente equilibrada o qué tiene una determinada pieza que nos llama la atención. Con el tiempo, esas preguntas van afinando el ojo y hacen que empecemos a construir nuestras propias referencias.

En tiempos en que cuesta mantener la atención más de unos segundos, entre las redes sociales y toda la hiperestimulación que recibimos a diario, vale la pena hacer el ejercicio. Mirar sin el teléfono en la mano, con atención, y con esa curiosidad que muchas veces vamos perdiendo con la edad.

La poeta estadounidense Nikki Giovanni escribió: “Art is not for the cultivated taste. It is to cultivate taste”. ¿Y eso qué tiene que ver? ¡Mucho! El arte no está solamente para quienes ya tienen una mirada afinada; también sirve para construirla.

El sociólogo francés Pierre Bourdieu, uno de los grandes estudiosos de la relación entre cultura, educación y gusto, llegó a una conclusión que también resulta interesante: nuestras preferencias están profundamente influenciadas por las experiencias y el entorno en que crecemos. Lo que consideramos bello, elegante o sofisticado también se aprende.

Por eso hablar de “buen gusto” puede ser complejo. No existe una fórmula universal para una casa bonita, una mesa puesta con gracia o una combinación perfecta. Pero sí podemos desarrollar una sensibilidad estética: aprender a reconocer proporciones, contrastes, materiales, colores y relaciones, todo eso anclado a nuestra propia experiencia.

El buen gusto es una mirada que se entrena, una forma de ver que se va afinando con el tiempo.

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